Hay tanto para meditar sobre el tiempo de la Cuaresma, el tiempo del dolor humano, ya que Mi dolor de hombre es el de todo aquel que Me ha pedido, sabido o querido conocer, y reconocer en Mí al Redentor.
El dolor redime, el dolor es sacrificio, plegaria, y puede llegar a ser santidad.
Con el dolor, el hombre adquiere espiritualidad.
Yo he querido Mi dolor para regalarlo a todos vosotros para que, cuando por gracia y por voluntad Divina ese mismo dolor, bajo muy diversas formas, golpee a vuestros corazones temblorosos, podáis comprenderlo y aceptarlo.
Si Yo, Hijo Unigénito de Dios nacido para morir en la Cruz, he aceptado el dolor por vosotros, también vosotros debéis aceptar el vuestro, sea grande o pequeño, y la congoja y la carga de la fatiga y del renunciamiento, y aceptar todo lo que Nosotros hemos querido por nuestro amor hacia vosotros.
Hombres, deberíais meditar tanto en el triste periodo del Calvario, y luego gozar en la Pascua de Resurrección, porque en Mi Resurrección podéis ver la vuestra y la de vuestros seres queridos.
La visión de Mi Cuerpo de Luz Resucitado deberá ser para toda criatura, el símbolo de su esperanza.
¡La esperanza que os hará ver más allá de lo que pasa, del dolor, del cansancio, de la fugaz alegría!
Más allá de vuestra vida tercena existe la Resurrección.
También sobre esto hay mucho que meditar para que, de esa manera, vuestra futura alegría os pueda pertenecer ya un poco.
El violeta es el color triste de la melancolía, ¡pero el dorado es el color de la luz de Mis Altares, que en su esplendor os pueden ya abrir con vuestra oración ante ellos, un pasadizo para alcanzar ya el Cielo desde la tierra!
23 de Marzo de 1973