Criaturas Mías, seguid adelante hacia lo alto. Venid hacia Mí. Mirad siempre hacia Mi Cielo; la tierra engaña.
No ya la tierra, sino la obra de los hombres.
Es observando la naturaleza como podéis vislumbrar el signo de la eternidad. Esa señal no está en las acciones humanas cuando no son acciones dignas, y eso es lo que Me duele. Vosotros no juzguéis, rogadme por ellos. Yo escucho vuestras preocupaciones, sé cuánto lamentáis esa fuente de alegría y de vida que fue, en la tierra, Armando; ahora es una fuente de alegría y de vida en mayor medida, y eterna, porque vosotros, obrando con él, lo volveréis a encontrar tal como os dejó; apenas se produzca vuestra llegada a la eternidad, en el instante final de vuestro camino terrenal, él os espera a Mi lado.
Poder ver lo que vendrá, saber vislumbrar ya la gloria que os espera, es un regalo que te he hecho a ti, G., y del que el primero a formar parte es L.,[1] porque habiendo permanecido a tu lado le he querido dar esta gracia.
Estas Palabras, solamente para vosotros dos, son verdad de Fe[2].
Yo nunca pronuncio palabras vacías; cada frase Mía es una verdad que os revelo por gracia. Esta gracia regalada a vosotros debe haceros comprender Mi amor.
Yo no soy juez ni castigador, soy amor y Luz.
Vosotros, Mis ovejitas, que podéis parecer seres iguales a los demás, entre miles y miles de criaturas tenéis un don que os enaltece. [3]
Haced buen uso de él; permaneced tomados de la mano y con los corazones unidos, hasta que os volváis a encontrar unidos a Armando, en Mi Luz.
11 de Abril de 1973
[1] N.T. Toda esta obra se dirige a los hombres a través de unas personas concretas citadas al principio discretamente con una letra o bien por un nombre, que eventualmente servirá de contraste con la realidad humana en espacio y tiempo, lejos de lo puramente imaginario.
[2] N.T. La palabra de un vidente se aceptará por parte de los demás libremente y con “fe humana”. Por el contrario la persona a la que el Señor hace sus confidencias, cree directamente a Dios con una fe superior que obliga su conciencia a aceptarlo como objeto de fe.
[3] N.T. La gracia en la Historia de la Salvación es libre por su naturaleza en quien la da y quien la recibe. El hecho de recibirla y cooperar a ella fundamenta en la criatura la condición de favorecida y acreedora de un mérito (Cfr. Lc 1, 28-30)